El cargo.
Desde el primer día se agarró a la espalda, hondo, insondable, escondido a medias. De lo abismal que da el vértigo que obliga la altura de la mediocridad que necesita hostigar parasitando al otro. Ignoto para todos excepto para su víctima. Poseoso de la trivialidad, lleno de miedo a ella; penetrante, aguda, acentuada, e insufrible al tirano mediocre. Ese día y otro y otro, el cargo salió furtivo desatendiendo deberes por sinecuras del cargo, con el sentido del que acosa para mear miedo a lo largo del pasillo por paralizar la voz que iba a estrellarse contra la estúpida falta de autoridad de quien se impone a la fuerza. Un minúsculo personaje vestido de amarillo se vio engrandecido por la canalla fuerza.
-¿Quieres el teléfono?- Recorría lento las mesas mientras la mujer que le ninguneaba reculaba hacia atrás estupefacta por la caída del obtuso personaje en venganza hasta arrinconarla en uno de los vértices por el que escapó. Ella no pudo cerrar con llave al cargo y llamar a la policía, tampoco pudo ni quiso patear a la garrapata. Siguieron años malos en los que no entendió, pero finalmente un día se olvidó.
-Fin-
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